domingo, 5 de enero de 2020

El perfil profesional de un músico de orquesta

      Es probable que el público a veces no se haga una idea siquiera aproximada sobre el grado de adiestramiento al que se somete un músico ambicioso durante su formación y su vida profesional.
      La formación suele empezar bastante antes de los 10 años de edad y dura entre 10 y 20 años. En todo momento se trata de desarrollar una capacidad artística integral. El plan de estudios abarca entonces la adquisición de un sinfín de habilidades técnicas sobre el instrumento elegido, mediante escalas, arpegios, la automatización de configuraciones y fraseos típicos, caminos para el desarrollo de un sonido personal, una afinación impecable y la estabilidad del pulso rítmico, golpes de arco en el caso de instrumentistas de cuerda, y piezas elegidas didácticamente (“estudios”), compuestas con desafíos técnicos específicos combinados. Obviamente, no puede faltar el estudio profundo de las piezas concertantes emblemáticas del instrumento en cuestión, de todos los estilos y todas las épocas (aprox. de los últimos 400 años), que incluye la búsqueda del refinamiento de la sensibilidad y del gusto personal del intérprete, cuidadosamente supervisada por un gran maestro. Los buenos instructores guían además a sus alumnos a experimentar también la participación en producciones en conjuntos de cámara, orquestas sinfónicas, de ópera o de música popular (eventualmente, cantar durante un tiempo en un buen coro), exponerse tempranamente al público y también a micrófonos y cámaras. El máximo desafío siempre es una eventual actuación en carácter de solista, especialmente acompañado por una orquesta.
      Cuando el estudiante empieza a brillar, pronto buscará (y encontrará) honorarios por sus presentaciones públicas. Vienen bien. Tomar clases con maestros de renombre es costoso; también la adquisición de un instrumento apto para el ejercicio a nivel avanzado representa un gasto elevado.
      Tales aspectos multifacéticos de ejecución suelen ser complementados por estudios de armonía, de análisis formales de obras, de la historia de la música, de filosofía de las artes, de pedagogía y prácticas con instrumentos complementarios (más frecuentemente, el piano).
      No es una condición imprescindible, pero hay maestros que opinan que la formación en asuntos de la cultura universal no debería quedar corta.

      Sería erróneo suponer que un músico instrumentista, una vez llegado por concurso a revestir un cargo estable en una orquesta, se convierta en un funcionario público que se limita a prestar un servicio a reglamento.
      Por todo lo contrario, arde por mantener e incrementar la reputación de su conjunto y se integra alegremente a un espíritu corporativo al buscar la realización de los proyectos artísticos, académicos e institucionales del colectivo.
      Individualmente, suele ser una persona inquieta, curiosa, ambiciosa y extremadamente activa, también en otros terrenos. De gran valor es aquí y allá su actividad pedagógica; nadie podría enseñar con tanta autoridad a tocar un instrumento musical como un músico que esté forjado por numerosas exposiciones ante un público. Además, muchos músicos buscan mantener afiladas sus habilidades profesionales por medio de ocasionales compromisos en tareas de música de cámara y presentaciones en el rol de solista. Naturalmente, tales incursiones en otros campos, a veces extendidas a giras nacionales o internacionales, a veces registradas en grabaciones, dan a esos músicos una oportunidad de realización y ampliación del horizonte que el servicio en su orquesta no ofrece en esta escala.
      [Tanto la actividad de enseñanza como las presentaciones como solistas o integrantes de conjuntos de cámara de figuras destacadas aumentan el prestigio de la orquesta. Actuaciones de esta clase deberían estar generalmente bien vistas por las autoridades de la institución y recibir apoyo, p.ej., en forma del otorgamiento de las licencias previstas por el reglamento].

      Podría considerarse cuestionable, pero a veces, los músicos de orquesta aprovechan también trabajos ocasionales de menor perfil. Por cierto, aquellos no siempre son del todo saludables. Los instrumentistas que desgastan en ellos una buena parte de su tiempo libre y salud, suelen justificarse con el argumento casi siempre acertado de que, en su trabajo estable, en relación a su calificación, ganan demasiado poco.

      En la adolescencia, una educación física básica se da en las escuelas. Más adelante, en la rutina profesional, muchos músicos se someten a rutinas de ejercicio físico de diferentes enfoques, por el imperativo –inherente a la habitual exposición ante el público– de mantenerse “en forma”. Las artes escénicas requieren de sus ejecutantes condiciones psicofísicas sofisticadas: fitness cardíaca y nervios de acero, antes que nada. No ayuda que el “biorritmo” de artistas escénicos se haya estropeado tempranamente, por jornadas laborales desparejas, en las que frecuentemente se llega a las máximas elevaciones de estrés a horas vespertinas (en los conciertos), para luego dormir mal y levantarse temprano (para ir a los ensayos). En el restante “tiempo libre” se practica en casa. Ahí no hay límite de horario ni fines de semana ni vacaciones. El sufrimiento constante y constitutivo del músico profesional es la sensación de, a pesar de todos los esfuerzos, nunca llegar a la perfección. Qué suerte que el público parece perdonar aquellas flaquezas y aplaude igual, a veces, frenéticamente. Quizás la “perfección” no lo es todo (o, quizás, la imperfección no es tan grave como el ejecutante la percibe). Mas allá de eso hay un plus, algo que tiene que ver con la auténtica entrega humana, que es el verdadero detonante de la gratitud del público.
      Semejante despliegue de vitalidad tiene su precio. Se suele trabajar habitualmente al borde del agotamiento. Siempre acechan las “enfermedades ocupacionales”.

      Vale concluir que un músico profesional de orquesta es por excelencia un trabajador cultural que suele empeñarse hasta los límites psicofísicos y que, además, nunca deja de aprender.


Fuentes complementarias
El perfil de responsabilidades de un concertino

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